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La
infección causada por el virus de la
inmunodeficiencia humana (VIH) es una enfermedad
provocada por uno o dos virus que progresivamente
destruyen unos glóbulos blancos llamados linfocitos,
provocando el síndrome de inmunodeficiencia
adquirida (SIDA) y otras enfermedades derivadas de
una inmunidad deficiente.
A comienzo de los años 80, los epidemiólogos
(personas que estudian los factores que afectan a la
frecuencia y a la distribución de las enfermedades)
reconocieron un brusco incremento de dos
enfermedades entre los varones homosexuales
americanos. Una era el sarcoma de Kaposi, una
variedad de cáncer poco frecuente; la otra era la
neumonía por pneumocistis, una forma de neumonía que
ocurre sólo en personas con un sistema inmunitario
comprometido.
La insuficiencia del sistema inmunitario que
permitió el desarrollo de cánceres raros e
infecciones poco frecuentes recibió el nombre de
SIDA. También se descubrieron insuficiencias en los
sistemas inmunológicos de las personas que se
inyectaban drogas, en hemofílicos, en quienes
recibían transfusiones de sangre y en varones
bisexuales. Poco después, el síndrome comenzó a
detectarse en heterosexuales que no consumían
drogas, en hemofílicos y en pacientes que recibían
transfusiones de sangre.
Patogénesis
Para infectar a una persona, el virus debe entrar en
células como los linfocitos, una variedad de
glóbulos blancos. El material genético del virus se
incorpora al ADN de una célula infectada. El virus
se reproduce dentro de la célula, llegando a
destruirla finalmente y liberando nuevas partículas
del mismo. Luego estas nuevas partículas infectan
otros linfocitos y también pueden destruirlos.
El virus se adhiere a los linfocitos que presentan
en su superficie una proteína receptora, llamada
CD4. Las células con receptores CD4 suelen ser
llamadas células CD4-positivas (CD4+) o linfocitos T
colaboradores. Los linfocitos T del tipo colaborador
tienen la función de activar y coordinar otras
células del sistema inmunitario, como los linfocitos
B (que producen anticuerpos), los macrófagos y los
linfocitos T citotóxicos (CD8+), todos los cuales
ayudan a destruir células cancerosas y
microorganismos invasores. Como la infección por VIH
destruye los linfocitos T colaboradores, debilita el
sistema con que cuenta el organismo para protegerse
de las infecciones y el cáncer.
Los infectados con VIH pierden los linfocitos T
colaboradores (células CD4+) en tres fases con el
paso del tiempo. Una persona sana tiene un número de
linfocitos CD4 de aproximadamente 800 a 1 300
células por microlitro de sangre. En los primeros
meses posteriores a la infección por el VIH, este
número puede reducirse del 40 al 50 por ciento.
Durante estos primeros meses, el enfermo puede
transmitir el VIH a otros porque en su sangre
circulan muchas partículas del virus. A pesar de que
el organismo lucha contra éste, es incapaz de
eliminar la infección.
Después de aproximadamente 6 meses, el número de
partículas de virus en la sangre alcanza un valor
estable, que varía de persona a persona. Sin
embargo, siguen quedando suficientes para continuar
la destrucción de linfocitos CD4+ y transmitir la
enfermedad a otros sujetos. Pueden pasar muchos años
en los que se produce una disminución lenta pero
progresiva de los valores de dichos linfocitos hasta
niveles por debajo de lo normal. Los altos valores
de partículas víricas y los bajos valores de
linfocitos ayudan al médico a identificar a los
pacientes con mayor riesgo de desarrollar SIDA.
Durante el año o los dos años anteriores al
desarrollo del SIDA, el número de linfocitos CD4+
suele descender más rápidamente. La vulnerabilidad a
la infección aumenta a medida que el número de
linfocitos CD4+ baja a menos de 200 células por
microlitro de sangre.
La infección por VIH también altera la función de
los linfocitos B, componentes del sistema
inmunitario que generan anticuerpos y suele hacerles
producir un exceso de los mismos. Estos anticuerpos
son dirigidos principalmente contra el VIH y otras
infecciones con las cuales la persona ha tenido un
contacto previo. Pero éstos son poco eficaces contra
muchas de las infecciones oportunistas del SIDA. Al
mismo tiempo, la destrucción de los linfocitos CD4+
por parte del virus reduce la capacidad del sistema
inmunológico en el reconocimiento de nuevos agentes
invasores.
Transmisión de la infección
El contagio del VIH requiere del contacto con
humores corporales que contengan células infectadas
o partículas del virus; dichos humores incluyen
sangre, semen, secreciones vaginales, líquido del
cerebro y de la médula espinal y leche materna. El
VIH también está presente en las lágrimas, la orina
y la saliva, pero en concentraciones ínfimas.
El VIH se transmite de las siguientes maneras:
- A través de las relaciones sexuales con una
persona infectada, durante las cuales la membrana
mucosa que reviste la boca, la vagina o el recto
queda expuesta a los humores corporales
contaminados.
- Por una inyección o infusión de sangre
contaminada, como ocurre al realizar una
transfusión, por compartir jeringuillas o pincharse
accidentalmente con una aguja contaminada con el
VIH.
- Transmisión del virus desde una madre infectada a
su hijo antes del nacimiento o durante el mismo, o
bien a través de la leche materna.
- La susceptibilidad a la infección por VIH aumenta
cuando la piel o una membrana mucosa resulta dañada,
como puede suceder durante una enérgica relación
sexual vía vaginal o anal. Muchos estudios han
demostrado que la transmisión sexual del VIH es más
probable si uno de los dos miembros de la pareja
tiene herpes, sífilis u otras enfermedades de
transmisión sexual que puedan causar lesiones en la
piel. Sin embargo, el VIH puede ser transmitido por
una persona infectada a otra durante una relación
sexual vaginal o anal, aunque ninguna de las dos
tenga otras enfermedades de transmisión sexual o
lesiones evidentes en la piel. La transmisión
también puede tener lugar durante el sexo oral, a
pesar de que es menos frecuente.
En los Estados Unidos y Europa, la transmisión del
VIH entre los varones homosexuales y los adictos a
inyectarse drogas se ha vuelto más frecuente que la
transmisión entre heterosexuales. Sin embargo, el
índice de transmisión entre estos últimos aumenta
rápidamente. A título indicativo, en los Estados
Unidos, más del 10 por ciento de las personas con
SIDA son mujeres, mientras que en America Latina
esta cifra alcanza el 25 por ciento, y la infección
por el VIH está aumentando más rápidamente entre las
mujeres que entre los hombres. La transmisión en
África, el Caribe y Asia es principalmente entre
heterosexuales y la infección por el VIH se produce
en la misma proporción entre hombres y mujeres.
Antes de 1 992, gran parte de las mujeres europeas y
norteamericanas infectadas lo adquirieron al
inyectarse drogas con agujas contaminadas. Sin
embargo, el número de casos derivados de la
transmisión sexual ha sobrepasado lentamente el
número atribuido al consumo de drogas.
Una persona que trabaja en el ámbito de la salud y
accidentalmente se pincha con una aguja contaminada
con el VIH tiene una posibilidad entre 300 de
contraer el virus. El riesgo de infección aumenta si
la aguja penetra profundamente o si se inyecta
sangre contaminada. Tomar un fármaco
antirretrovírico como el AZT (zidovudina) parece
reducir la probabilidad de infección tras pincharse
con una aguja, pero no elimina el riesgo.
El SIDA representa en la actualidad la primera causa
de muerte entre los hemofílicos, que necesitan
frecuentes transfusiones de sangre completa u otros
productos plasmáticos. Antes de 1 985, muchos
hemofílicos recibieron productos sanguíneos
contaminados con el VIH. Desde entonces, se examina
toda la sangre recolectada para controlar que no
esté contaminada y en la actualidad los productos
plasmáticos son tratados con calor para eliminar el
riesgo de contagio del virus.
La infección por el VIH en gran número de mujeres en
edad fértil ha producido la subsecuente transmisión
a los niños. El virus puede ser transmitido al feto
al inicio de la gestación a través de la placenta o
en el momento del nacimiento al pasar por el canal
del parto. Los niños que son amamantados pueden
contraer la infección por VIH a través de la leche
materna. Éstos también pueden infectarse si son
objeto de abusos sexuales.
El VIH no se transmite por contacto casual ni
tampoco por un contacto estrecho no sexual en el
trabajo, la escuela o el hogar. No se ha registrado
ningún caso de transmisión a través de la tos o del
estornudo, ni tampoco por una picadura de mosquito.
La transmisión de un médico o de un dentista
infectado a un paciente es extremadamente rara.
Síntomas
Algunos afectados desarrollan síntomas similares a
los de la mononucleosis infecciosa varias semanas
después del contagio. La temperatura elevada, las
erupciones cutáneas, la inflamación de los ganglios
linfáticos y el malestar general pueden durar de 3 a
14 días. Luego casi todos los síntomas desaparecen,
aunque los ganglios linfáticos pueden seguir
agrandados. Durante años es posible que no aparezcan
más síntomas. Sin embargo, inmediatamente circulan
grandes cantidades de virus en la sangre y otros
humores corporales, por lo que la persona se vuelve
contagiosa poco después de infectarse. Varios meses
después de haber contraído el virus, los afectados
pueden experimentar síntomas leves en repetidas
ocasiones que no encajan aún en la definición del
síndrome completamente desarrollado.
Una persona puede presentar síntomas de afección
durante años antes de desarrollar las infecciones o
los tumores característicos que definen al SIDA.
Éstos incluyen ganglios linfáticos agrandados,
pérdida de peso, fiebre intermitente y sensación de
malestar, fatiga, diarrea recurrente, anemia y aftas
(una lesión fúngica que se produce en la boca). La
pérdida de peso (emaciación) es un problema
particularmente preocupante.
Por definición, el SIDA comienza con un bajo
recuento de linfocitos CD4+ (menos de 200 células
por microlitro de sangre) o con el desarrollo de
infecciones oportunistas (infecciones provocadas por
microorganismos que no causan enfermedad en personas
con un sistema inmunitario normal). También pueden
aparecer cánceres como el sarcoma de Kaposi y el
linfoma de Hodgkin.
Tanto la infección por el VIH en sí misma como las
infecciones oportunistas y los cánceres producen los
síntomas del SIDA. Por ejemplo, el virus puede
infectar el cerebro y causar demencia, con pérdida
de la memoria, dificultad de concentración y una
menor velocidad en el procesamiento de
informaciones. Sin embargo, sólo unos pocos enfermos
de SIDA mueren por los efectos directos de la
infección por el VIH. Por lo general, la muerte
sobreviene por los efectos acumulativos de muchas
infecciones oportunistas o tumores. Los
microorganismos y las enfermedades que normalmente
suponen una pequeña amenaza para las personas sanas
rápidamente pueden causar la muerte en estos
enfermos; especialmente cuando el número de
linfocitos CD4+ baja a menos de 50 células por
microlitro de sangre.
Varias infecciones oportunistas y cánceres son
típicos del comienzo del SIDA. Las aftas, un
crecimiento excesivo de la levadura Candida en la
boca, la vagina o el esófago, puede ser la infección
inicial. El primer síntoma en una mujer pueden ser
las frecuentes infecciones vaginales causadas por
hongos que no se curan con facilidad. Sin embargo,
estas afecciones son frecuentes en las mujeres sanas
y pueden deberse a otros factores, como los
contraceptivos orales, los antibióticos y los
cambios hormonales.
La neumonía causada por el hongo Pneumocystis
carinii es una afección oportunista recurrente y
frecuente en los enfermos de SIDA. La neumonía por
pneumocistis suele ser la primera infección
oportunista grave que aparece; fue la causa más
frecuente de muerte entre los infectados por el VIH
antes de que se perfeccionaran los métodos para
tratarla y prevenirla.
La infección crónica con el Toxoplasma (toxoplasmosis),
que persiste desde la infancia, es bastante
frecuente, pero causa síntomas en sólo una minoría
de las personas con SIDA. Cuando se reactiva en
éstas, causa una grave infección, principalmente del
cerebro.
La tuberculosis es más frecuente y más mortal en los
afectados por el VIH y es difícil de tratar si las
especies de bacterias que la producen resultan
resistentes a varios antibióticos. Otra micobacteria,
el complejo Micobacterium avium, suele causar
fiebre, pérdida de peso y diarrea en enfermos con el
síndrome avanzado. Puede tratarse y prevenirse con
fármacos de reciente creación.
Las infecciones gastrointestinales también son
frecuentes en el SIDA. El Cryptosporidium, un
parásito que puede ser adquirido a través de agua o
alimentos contaminados, produce diarrea intensa,
dolor abdominal y pérdida de peso.
Ciclo vital simplificado del virus de la
inmunodeficiencia humana
Al igual que todos los virus, el virus de la
inmunodeficiencia humana (VIH) se reproduce usando
la maquinaria genética de la célula que
lo alberga, generalmente un linfocito CD4. Existen
fármacos recientemente legalizados que inhiben dos
enzimas víricas de fundamental importancia
(la transcriptasa inversa y la proteasa, utilizadas
por el virus para reproducirse) y se están creando
fármacos que apunten a una tercera enzima,
la integrasa.
1. El virus del VIH primero se adhiere a una célula
y penetra en ella.
2. El ARN del VIH, que constituye el código genético
del virus, es liberado dentro de la célula. Para
reproducirse, el ARN debe ser convertido en ADN. La
enzima que realiza la conversión recibe el nombre de
transcriptasa inversa. El virus VIH muta fácilmente
en este punto porque la transcriptasa inversa tiende
a cometer errores durante la conversión del ARN
vírico en ADN.
3. El ADN vírico entra en el núcleo de la célula.
4. Con la ayuda de una enzima llamada integrasa, el
ADN vírico se integra con el ADN de la célula.
5. El ADN se replica y reproduce ARN y proteínas.
Las proteínas adoptan la forma de una larga cadena
que debe cortarse en varias partes una vez que el
virus abandona la célula.
6. Un nuevo virus se forma a partir del ARN y de
segmentos cortos de proteína.
7. El virus escapa a través de la membrana de la
célula, envolviéndose en un fragmento de la misma
(envoltura).
8. Para resultar infeccioso para las otras células,
otra enzima vírica (la proteasa del VIH) debe cortar
las proteínas estructurales dentro del virus que ha
nacido, haciendo que se recoloquen
y se conviertan en la forma madura del VIH.
La leucoencefalopatía multifocal progresiva (LMP),
una infección vírica del cerebro, puede afectar a la
función neurológica. Los primeros síntomas suelen
ser la pérdida de fuerza en un brazo o pierna y
falta de coordinación o equilibrio. En el transcurso
de días o semanas, la persona puede ser incapaz de
andar y mantenerse en pie y suele morir tras pocos
meses.
El citomegalovirus frecuentemente infecta a los
enfermos de SIDA. Los pacientes avanzados suelen
reinfectarse, por lo general en la retina,
causándoles ceguera. El tratamiento con fármacos
antivíricos puede controlar el germen. Las personas
con SIDA también son muy susceptibles a muchas otras
infecciones bacterianas, micóticas y víricas.
El sarcoma de Kaposi, un tumor que aparece en la
piel en forma de placas indoloras y sobreelevadas,
de color rojo a púrpura, afecta a los enfermos de
SIDA, especialmente a los varones homosexuales.
También pueden desarrollar tumores del sistema
inmunitario (linfomas), pudiendo éstos aparecer
primero en el cerebro u otros órganos internos. Las
mujeres son proclives a desarrollar cánceres de
cuello uterino. Los varones homosexuales pueden
sufrir cáncer de recto.
Diagnóstico
Un análisis de sangre relativamente simple y muy
exacto (llamado test ELISA) puede ser utilizado para
determinar si una persona está infectada con el VIH.
Con esta prueba es posible detectar anticuerpos
contra el virus. Los resultados son confirmados
rutinariamente por tests cada vez más precisos. No
obstante, pueden pasar varias semanas o más tiempo
desde que se produce la infección hasta que los
anticuerpos se positivizan. Las pruebas altamente
sensibles (antígeno P24) pueden detectar el virus
desde el principio y en la actualidad se usan para
analizar la sangre donada para transfusiones.
Varias semanas después de la infección, los
afectados desarrollan, generalmente, anticuerpos
contra el VIH. Un reducido número de personas
infectadas no produce cantidades detectables de
anticuerpos durante varios meses o más tiempo aún.
En cualquier caso, la prueba ELISA detecta los
anticuerpos en todas las personas infectadas y casi
todas las que los poseen están infectadas y son
contagiosas.
Si el resultado del test ELISA indica que existe
infección por VIH, se repite la prueba sobre la
misma muestra de sangre para confirmar lo que se ha
descubierto. Si los resultados son nuevamente
positivos, el siguiente paso es confirmarlos con un
análisis de sangre más exacto y costoso, como la
prueba de Western blot. Esta prueba también
identifica los anticuerpos contra el HIV, pero es
más específica que el test ELISA. En otras palabras,
si el test Western blot da resultado positivo, la
persona, con casi toda certeza está infectada por el
VIH.
Pronóstico
La exposición al VIH no siempre deriva en infección
y algunas personas que han sido expuestas
reiteradamente no resultan infectadas. Además,
muchos infectados han estado bien durante más de una
década. Sin el beneficio de los tratamientos
actuales, una persona infectada con HIV tenía entre
un uno y un dos por ciento de posibilidades de
desarrollar SIDA en los primeros años después de la
infección; la probabilidad continuaba hasta
aproximadamente el 5 por ciento cada año a partir de
entonces. El riesgo de desarrollarlo en los primeros
10 u 11 años después de contraer la infección era
aproximadamente del 50 por ciento. Entre el 95 y el
100 por cien de las personas infectadas desarrollará
finalmente el SIDA, pero los efectos a largo plazo
de los fármacos de reciente creación y uso combinado
pueden mejorar esta perspectiva.
Los primeros fármacos utilizados para tratar el VIH,
como la AZT (zidovudina) y la ddI (didanosina), han
reducido el número de infecciones oportunistas e
incrementado la expectativa de vida de estos
pacientes y las combinaciones de éstos producen
mejores resultados. Los fármacos nucleósidos más
recientes, como la d4T (estavudina) y 3TC (lamivudina),
así como los inhibidores de la proteasa del VIH,
como por ejemplo saquinavir, ritonavir e indinavir,
son incluso más potentes. En algunos pacientes, la
terapia de combinación reduce la cantidad de virus
en la sangre hasta cifras indetectables. Sin
embargo, hasta el momento no se han conseguido
curaciones.
Las técnicas para medir la cantidad de virus (ARN en
el plasma) en la sangre (por ejemplo, las pruebas de
la reacción en cadena de la polimerasa [PCR] y el
test de separación del ácido desoxirribonucleico [bADN])
pueden ayudar al médico a observar los efectos de
estos medicamentos. Dichos valores varían
ampliamente desde menos de unos pocos cientos a más
de un millón de virus que contienen ARN por
mililitro de plasma y ayudan a realizar un
pronóstico para el paciente. Los fármacos más
potentes suelen bajar su concentración de 10 a 100
veces. La capacidad que tienen las nuevas
combinaciones de medicamentos y las técnicas de
control para mejorar la supervivencia son
prometedoras, pero hasta el momento no han sido
totalmente verificadas.
Al comienzo de la epidemia de SIDA, muchos afectados
presentaban una rápida disminución en su calidad de
vida después de su primera hospitalización y solían
pasar gran parte del tiempo que les quedaba en el
hospital. La mayoría moría a los dos años de
desarrollar la enfermedad.
Con el desarrollo de nuevos fármacos antivíricos y
mejores métodos para tratar y prevenir las
infecciones oportunistas, muchos infectados
mantienen sus aptitudes físicas y mentales durante
años tras habérseles confirmado el diagnóstico de
SIDA. En consecuencia, ésta se ha convertido en una
enfermedad tratable, si bien no curable todavía.
Prevención
Los programas para prevenir la propagación del VIH
se han centrado principalmente en educar al público
en cuanto a la transmisión del virus, en un intento
de modificar el comportamiento de las personas más
expuestas. Los programas educativos y de motivación
han tenido un éxito relativo porque a muchos les
cuesta cambiar sus hábitos adictivos o sexuales.
Impulsar el uso de condones, que es una de las
mejores maneras de evitar la transmisión del VIH,
sigue siendo un tema controvertido. Suministrar
agujas esterilizadas a los drogadictos, otro método
que sin duda alguna reduce la propagación del SIDA,
también ha encontrado resistencia entre los
ciudadanos.
Hasta el momento, las vacunas para prevenir la
infección por VIH o bien para retardar su avance han
resultado poco eficaces. Se están ensayando docenas
de vacunas y muchas han fallado, pero la
investigación continúa.
Los hospitales y las clínicas no suelen aislar a los
pacientes VIH-positivos a menos que tengan
infecciones contagiosas, como por ejemplo
tuberculosis. Las superficies contaminadas por el
VIH pueden ser limpiadas y desinfectadas fácilmente
porque éste resulta inactivado por el calor y
gracias a la acción de desinfectantes comunes como
el peróxido de hidrógeno y el alcohol. Los
hospitales cuentan con estrictos procedimientos en
cuanto a la manipulación de muestras de sangre y
otros humores corporales con el fin de evitar la
transmisión del virus y otros microorganismos
contagiosos. Estas precauciones universales se
aplican a todas las muestras de todos los pacientes,
no sólo a las que provienen de un infectado.
Tratamiento
En la actualidad existen muchos fármacos para el
tratamiento de la infección, incluyendo los
inhibidores nucleósidos de la transcriptasa inversa,
como por ejemplo el AZT (zidovudina), el ddI (didanosina),
el ddC (zalcitabina), el d4T (estavudina) y el 3TC (lamivudina);
los inhibidores no nucleósidos de la transcriptasa
inversa, como la nevirapina y la delavirdina; y los
inhibidores de la proteasa, como por ejemplo
saquinavir, ritonavir e indinavir. Todas evitan que
el virus se reproduzca y en consecuencia retardan la
progresión de la enfermedad. El HIV suele
desarrollar resistencia a todos estos fármacos
cuando son utilizados aisladamente, en un periodo
variable que puede ir desde unos pocos días a unos
pocos años dependiendo del tipo de fármaco y del
paciente.
El tratamiento parece ser más eficaz cuando se
combinan al menos dos fármacos, lo cual puede
retrasar la aparición del síndrome en los
VIH-positivos y prolongar su vida en comparación con
el efecto que produce uno solo. No se sabe a ciencia
cierta en qué momento a partir de la infección debe
comenzarse el tratamiento, pero las personas con
altos valores de VIH en su sangre, e incluso las que
tienen altos números de CD4+ y ausencia de síntomas,
deben ser tratadas. Estudios previos que parecían
demostrar que no existía ninguna ventaja en comenzar
el tratamiento de forma precoz no son necesariamente
relevantes ahora que se han desarrollado muchos
otros medicamentos y combinaciones. Sin embargo, el
costo y los efectos colaterales de dos o tres
tratamientos pueden ser demasiado altos para algunas
personas que viven en países industrializados y para
muchas de las que viven en países menos
desarrollados.
Los fármacos AZT, ddI, d4T y ddC pueden provocar
efectos colaterales como dolor abdominal, náuseas y
dolor de cabeza (especialmente el AZT). El uso
prolongado del AZT puede dañar la médula ósea y
provocar anemia. El ddI, ddC y d4T pueden dañar los
nervios periféricos y el ddI puede dañar el
páncreas. Entre los nucleósidos, el 3TC parece tener
la menor cantidad de efectos colaterales.
Los tres inhibidores de la proteasa pueden provocar
efectos colaterales, incluyendo náuseas, vómitos,
diarrea y malestar abdominal. El indinavir produce
un leve y reversible incremento en las enzimas
hepáticas que no provoca síntoma alguno y puede
causar un intenso dolor de espalda (cólico renal)
similar al que provocan los cálculos renales. El
ritonavir tiene la desventaja de elevar y hacer
descender los valores de muchos otros fármacos a
través de sus efectos sobre el hígado. El saquinavir
puede ser mejor tolerado, pero no se absorbe bien y
en consecuencia no resulta tan eficaz tal y como se
dispensa desde 1996.
A pacientes con SIDA se les suelen prescribir muchos
fármacos para prevenir las infecciones. Para evitar
la neumonía pneumocistis, cuando el número de
linfocitos CD4 baja hasta menos de 200 células por
microlitro de sangre, la combinación de
sulfametoxazol y trimetoprim es altamente eficaz.
Esta combinación también evita las infecciones
cerebrales toxoplasmáticas. En las personas con un
número de linfocitos CD4+ menor a 75 o 100 células
por microlitro de sangre, la azitromicina tomada
semanalmente, la claritromicina o bien la rifabutina
tomada a diario pueden evitar las infecciones
causadas por Mycobacterium avium. Las personas que
se recuperan de meningitis criptocócica o aquellas
que experimentan repetidos brotes de aftas
(infecciones de la boca, el esófago o la vagina con
el hongo Candida) pueden tomar fluconazol, un
fármaco antimicótico, durante períodos prolongados.
Las personas con episodios recurrentes de
infecciones causadas por herpes simple en la boca,
los labios, los genitales o el recto pueden
necesitar un tratamiento prolongado con el
antivírico aciclovir para evitar recaídas.
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La
leucoencefalopatía multifocal progresiva
(LMP), una infección vírica del cerebro,
puede afectar a la función neurológica.
Los primeros síntomas suelen ser la
pérdida de fuerza en un brazo o pierna y
falta de coordinación o equilibrio. En
el transcurso de días o semanas, la
persona puede ser incapaz de andar y
mantenerse en pie y suele morir tras
pocos meses.
El citomegalovirus frecuentemente
infecta a los enfermos de SIDA. Los
pacientes avanzados suelen reinfectarse,
por lo general en la retina, causándoles
ceguera. El tratamiento con fármacos
antivíricos puede controlar el germen.
Las personas con SIDA también son muy
susceptibles a muchas otras infecciones
bacterianas, micóticas y víricas.
El sarcoma de Kaposi, un tumor que
aparece en la piel en forma de placas
indoloras y sobreelevadas, de color rojo
a púrpura, afecta a los enfermos de
SIDA, especialmente a los varones
homosexuales. También pueden desarrollar
tumores del sistema inmunitario
(linfomas), pudiendo éstos aparecer
primero en el cerebro u otros órganos
internos. Las mujeres son proclives a
desarrollar cánceres de cuello uterino.
Los varones homosexuales pueden sufrir
cáncer de recto.
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